"Algo se mueve", susurró. En el silencio del cuarto y bajo el zumbido
constante del regulador de la computadora, D. retorcía los dedos sobre
la punta de un mechón de cabello. No es que hubiera tardado mucho en
llegar a esa conclusión. No, más bien, había tardado en reconocer ese
movimiento al que ya se había acostumbrado, como algo importante.
"Algo se me mueve dentro", susurró y apenas se escuchó por encima del
molesto regulador.
Inmediatamente, tratando de minimizar el incontenible efecto del
descubrimiento, encendió el reproductor de música e invitó a Mozart a
opacar el sonsonete del regulador y el opresivo silencio del cuarto.
El Requiem siempre funciona. Así, mientras la música se deslizaba por
todos los espacios y recovecos del cuarto, así también tocó aquello
que se seguía moviendo dentro de D. y, contrario a lo que él esperaba,
esa cosa no dejó de revolcarse en su pequeño receptáculo. Ahora, en
lugar de sólo revolotear sin sentido, se mecía y zumbaba siguiendo la
oscura melodía.
Alguna vez se trató de imaginar lo que se sentiría tener un deseo
atorado. Y se lo trataba de imaginar, porque siempre que los había
tenido, los había lanzado al aire y se había encargado de hacerlos
realidad. Era tan fácil como colocar el anillo de la prima o de su
hermana dentro de la vela del pastel de cumpleaños, repetir el deseo
en su mente unas tres veces, soplar la vela y listo. Así había sido
siempre. Hoy, en cambio, sabía que tenía uno atorado en el pecho y no
dejaba de moverle las entrañas.
No tenía nada particularmente importante que hacer frente a la
computadora, era un día cualquiera de entre semana, pero la inercia lo
había llevado a sentarse frente al enorme monitor y navegar un rato
curioseando a los amigos y los sucesos importantes del día. En sí, no
estaba haciendo nada que no hubiera hecho antes, sólo que esta vez, el
bulto del pecho estaba excitado.
(Enero 11, 2009)
martes, 19 de mayo de 2009
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