jueves, 11 de junio de 2009

Castillo y Sol - Paul Klee


Lo sigo escalera arriba y antes de que yo acabe de entender en donde estoy, él dice:
-"Ésta es la biblioteca."
Y al prender la luz, la más hermosa de las visiones está frente a mí: libros y libros y más libros; madera en el piso, madera en las paredes y madera en el techo; papel, polvo, piel y tapiz; rojo, naranja, azul y café; todo bajo un techo parcialmente inclinado sobre mi cabeza. Un total agasajo. Es incluso mejor que esos cuartos que aparecen en las películas donde el intelectual se sienta a cavilar mientras mira por la ventana hacia el bosque.
Me asomo por una de las ventanas y veo que aquí no hay verde bosque, pero sí hay verde jardín. Y entonces el verde me regresa a mí misma y sigo sin entender cómo llegué aquí. No estoy sola, pero es casi como si lo estuviera. Como en esos sueños donde uno sólo escucha su propia mente narrar lo que ve.
Me parece tan perfecta. Y siendo completamente ajena a mí, mis ojos se posan sobre uno de los escritorios llenos de papeles y me veo sentada ahí, con 20 años más, escribiendo, rodeada de todo ese calor y el olor a papel; sumergida en un abrazo de esos libreros multicolores que decoran las cuatro paredes.
Trato de disimular, pero mi cara no esconde asombros, y él, obviamente, no entiende lo que yo veo. Él ha vivido años en esta casa con esta biblioteca al alcance de su mano, como cualquier otra de las habitaciones de la casa; como un baño más. Para mí, es el cuarto de juegos que nunca tuve; la anhelada capilla privada de cualquier devoto; la torre del castillo donde habita la bella princesa, que no quiere ser rescatada.
Él me cuenta brevemente sobre el dueño y señor usuario de la biblioteca, su padre, y obviamente ya lo quiero conocer. Quiero ser su amiga entrañable sólo para que me invite a pasar unas horas rodeada de estos rectangulitos de colores acomodados tan dedicadamente en las repisas de las paredes. Quiero una plática de esas de vino tinto y jazz y libros; de esas que nunca he tenido, pero que he oído que la gente culta tiene.
Mientras sigo absorta en la narración de mi mente, me doy cuenta que ya sabía que este lugar existía desde el día que él mencionó que había una biblioteca en su casa. Ya lo sabía y en la fantasía romántica la había imaginado sin límites. Y era idéntica. Y, obviamente, no podía esperar otra cosa, después de conocerlo a él.
Miro sus ojos mientras salimos del cuarto. Él apaga la luz, y muy dentro de mí me limito a regocijarme con la idea de que algún día con más tiempo, me invite a ver caer el sol sobre los estantes rojizos de esta biblioteca y explicarle suavemente al oído, que ese mismo tono y profundidad tienen sus ojos, cada vez que me mira.

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