jueves, 27 de agosto de 2009

La Parábola de los Limones

Cuentan que una pareja de viejos amantes se encontraron para cenar,
conversar y tomar vino. Al decir que eran viejos, no me refiero a la
edad que se mide con las horas de relojes, sino a la edad que se mide
con las horas de miradas y complicidad. Así, eran tan viejos como
cuando los ojos de ambos sólo se pertenecían a ellos mismos. Tan
viejos como ellos decidieron ser, y tan viejos como cuando se aventuró
cada quien a hacer su vida. Bajo esta condición, ambos eran libres y
se regocijaban en reunirse de vez en cuando para contarse historias,
lecturas, dilemas y ante todo, compartir sus teorías sobre las eternas
interrogantes de la vida.
En esta ocasión, entre risas y miradas añoradas, uno de ellos expuso
su sentir y pensar sobre lo que los amantes debían o no ser, el por
qué no siempre funcionaban y la frustración con la que se topaba al
tratar de defender su postura ante amigos, amantes, e incluso, muy a
menudo, ante sí misma. El otro, pacientemente esperó a que terminara y
entonces, sonriendo, mandó llamar al mesero y pidió cuatro limones y
un cuchillo. Mientras, le dijo:
– "Te voy a explicar lo que típicamente pasa en las relaciones. No lo
vas a olvidar".
Cuando le fueron entregados, tomó el primer limón, un tanto
amarillento, lo partió por la mitad y dijo:
– "Este limón, eres tú".
Después, tomó el segundo limón, de un verde intenso, y también lo
partió en dos:
– "Y este otro, es él".
Entonces, escogió la mitad de cada limón, las unió por el centro y se
las mostró a ella:
– "Como ves, por más que trate, no pueden ser uno solo. No son
iguales", – dijo sosteniendo en la mano una fruta medio amarilla y
medio verde.
Volvió entonces, a tomar las dos mitades del primer limón. Las juntó
uniéndolas perfectamente y dijo:
–"No busques la otra mitad donde no está. Sólo tú te puedes
complementar a tí misma. Y sólo él se puede complementar a sí mismo.
Ya nos ves a nosotros" – y señaló a los otros dos limones que
permanecían intactos sobre la mesa, – "Ahí están: enteros, cercanos,
independientes, convivendo y queriéndose sin importar dónde estén.
Ninguno pierde nada ante el otro, ninguno se parte a la mitad para
malencajar... pero sobretodo, ambos siguen siendo quienes son. Tu
única otra mitad eres tú misma. Quienes entienden eso, tienen
relaciones duraderas; aunque, no necesariamente serán las que todo
mundo cree que debe tener."
Se miraron a los ojos, ella sin miedo a revelar las lágrimas y él sin
miedo a enjugarlas con sus dedos.
Cuentan que aún a pesar del paso de los años (de esos años que sí se
miden con los calendarios) los viejos amantes siguieron siendo esos
dos hermosos limones, jugosos y enteros que se encontraban para cenar,
conversar y tomar vino.

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