jueves, 3 de septiembre de 2009

Las cosas como son

El sexo es una lotería: dos personas pueden adorar eso por separado y no congeniar juntos. Piensas que la cosa puede evolucionar, pero resulta que no evoluciona. Es una cuestión de epidermis, o sea, una injusticia (como todas las cosas que tienen relación con la piel: el racismo, la descamación del rostro, el acné...).
Además, nuestra ternura no hacía sino empeorar las cosas. En amor la situación empieza a ser realmente preocupante cuando se pasa de la peli porno al parloteo cursi. A partir del momento en el que dejamos de decir: "te voy a meter de todo menos prisa, zorra" para decir: "mi querido pichoncito querida mimí osita mía hazme un ñiguiñigui", ha llegado el momento de apretar el botón de alarma. Eso se nota enseguida: incluso las voces se transforman al cabo de algunos meses de vida en común. El pedazo de macho viril con voz estentórea empieza a hablar como un niño sobre las rodillas de su mamaíta. La vampiresa fatal de tono ronco se convierte en una niñita empalagosa que confunde a su marido con un minino. Nuestro amor fue derrotado por las entonaciones.

El amor dura tres años / Frédéric Beigbeder


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