Apenas hoy me recupero de la tristeza de Ian. Lo dejo a cargo unos
cuantos días y me deja tumbada en un lodazal. No, no se le puede
encargar nada. Una vez le dan cuerda se enreda solito y para cuando se
da cuenta ya tiene la soga en el cuello. Lo mando de vacaciones a la
playa y acaba enamorado del mar, de la arena, de las estrellas y de
tus interminables besos de hamaca. Drogadito y junkie no se quiere
regresar, pero lo regresan a la fuerza. Resultado: llanto y
desconsuelo. Y no hay nada que pueda yo hacer más que sentarme a
esperar que se le pase. No encuentro cómo explicarle que el mar es
así: él se queda y nosotros nos vamos. O que tú y yo fuimos también
como el mar: siempre húmedos y revueltos con la arena, bajo un
infinito mundo de estrellas. Que esos días de mar y amor fueron eso y
nada más. Pero, también dice Ian, que de todas las decenas de veces
que había respirado antes el mar, nunca lo había respirado así. Y esa
es sólo culpa tuya. Gracias.
Y así de agradecida y machucada Ian quiere más. Dice que a pesar de
que nunca tuvo el valor para decirte que te quiere deliciosamente, no
ha eliminado la posibilidad de decírtelo un día de abrupto y sin
aviso. Sí, Ian te quiere y yo más.
viernes, 4 de junio de 2010
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