De la nada Ian se pone a cantar. Toma la guitarra después de años.
Algo le pasa. Obviamente no piensa decirme qué trae en mente ésta vez.
Pero está feliz escuchando a John Mayer mientras toca y canta al
unísono. Me pregunto cuándo le va a dar la gana sentarse a escribir de
nuevo. Creo que se está esperando a subirse al primer tren. Está
esperando tener el infinito verde del otro lado de la ventana, para
ponerse poética. No ha sido fácil. Pero le digo que ya pasó la racha
de pestilencias. Le digo que le quedan dos semanas de quietud; que se
vaya preparando. Ian se pregunta por ti. Se pregunta de dónde sale de
pronto toda esa atención y sincera ternura. Yo creo que me la merezco
y que es la razón de por qué me dejo acariciar. Ian quiere más. Pero
ya habrá más, seguramente, en otra latitud y bajo la lluvia del norte.
Le digo que de eso, de eso me encargo yo. Por ahora, dejaré que Ian
cante todo lo que quiera. Nunca la quiero más que cuando canta y se
acuerda que su único y fiel amante es siempre ella: la música.
sábado, 17 de julio de 2010
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