Cling, cling.
El sonido nos detuvo a ambos en nuestra presurosa y bien ensayada rutina de besos, bajar de cierres, deshacer de botones y lanzamiento de prendas. Todavía con mis manos en su pequeña cintura, miré en dirección hacia donde había yo arrojado el sostén que, extrañamente, rebotó en el suelo cual alfiler. Sí, así sonó.
Y no le hubiera prestado atención al tintineo, de no ser porque ella retiró abruptamente sus labios de los míos y la espontaneidad relajada de sus curvas desapareció, contrayéndose casi imperceptiblemente. Un pequeño saltito. Su mirada se fijó en la mía, como seria. Todo esto en sólo unos segundos; pero suficientes. Ella ya no era más y sentí a una desconocida respirando sobre mis piernas. (continuará...)
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