Escucho a Silvio y me lleva de viaje al pasado. Como si fuera en otra
vida, su voz me transporta a esa habitación donde lo aprendí de
memoria, letra por letra. Quién sabe quién sabrá cuántas veces le di
vueltas a ese viejo cassette, mientras mi madre golpeaba la puerta
tratando de callar todo ese derroche de poesía que sólo avivaba el
fuego. Pobre de mi madre. Con unas cuantas canciones, Silvio se
encargó de seducir a su hija a favor de un maldito desconocido. Y yo,
que no sabía nada de trovas, ni revoluciones cubanas. Yo sólo sabía de
música y poderosas palabras que se me metían bajo la piel y que me
habían sido reveladas en código. Yo sólo sabía de ese irrevocable
sentimiento de amor que finalmente me había encontrado y me partía
dulcemente en dos. Sólo eso sabía entonces y ahora, ahora sé que eso
no se repetirá. Y ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra
precisa, la sonrisa perfecta. Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve. Ojalá por lo menos que me lleve
la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los
segundos, en todas las visiones. Ojalá que no pueda cantarte ni en
canciones.
Y así un día, el día menos esperado, ese ojalá sucedió y yo me alejé
varios años luz de todo rastro de inocencia y pubertad. Y nada volvió
a ser igual.
martes, 30 de marzo de 2010
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