Ayer fue uno de esos días en que el tiempo hizo travesuras y jugó a mi
favor. Las horas tuvieron más minutos, los minutos más segundos y los
segundos eran eternos. Y yo, plenamente consciente, sólo me enfoqué en
deslizarme por los surcos que dejaban al pasar. Los dejé posarse sobre
mí, sonrientes y cómplices mirándonos de lado. Ellos a su vez, dejaron
que respiráramos la vida en las palabras del otro. Sin intención, sin
compromiso y sin prisa, el tiempo se dejó amar como el amante
escurridizo que es y yo, sin pensar más que en su tregua milagrosa, me
dejé mirar a los ojos una vez más. Y todo lo que vi, me encantó.
martes, 16 de marzo de 2010
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